Metamorfosis de mujer a madre, de madre a mujer. Una catarsis personal a través de la maternidad. Aprendiendo y desaprendiendo mi mundo a través de sus ojos. Mi Sol, mi Luna, mi Estrella.

20 de mayo de 2013

Niño malo!

A través de la ventana suelo oír (como ahora mismo) la voz de un niño muy pequeño que a veces juega en el patio. Es muy pequeñito, no creo que llegue a los dos años y casi siempre anda en la cocina y el patio, cuyo rumor inevitablemente llega a mi ventana.
Y también resuena, como ahora, la voz de la abuela (supongo que es la abuela) que le cuida. Y cada día sin excepción la oigo decir al niño más de una vez: "eres malo, eres muy malo".

Eso sólo lo que yo alcanzo a oír en un rato que ventilo con la ventana abierta, es de suponer que la frasecita la oye el niño más veces a lo largo del día.
Por gritar, por saltar, por meter la mano en el cubo de fregar, por no querer comer más, por tirar la cesta de las pinzas por el patio....en definitiva por ser niño y explorar el limitado espacio en el que se desenvuelve cada día.

Y no es que yo sea especialmente cotilla, la verdad..pues lo normal de la condición humana, es que a ese grado de decibelios, ayudada de la especial acústica de estos patios, la voz de esa mujer y el peque retumba que da gusto. Junto a los ensayos musicales del vecino y los gritos de la vecina adolescente discutiendo con su madre, miedo me da...

Me dan ganas de decirle a través del patio:
"Señora, no le diga más eso. Es usted un referente en su vida, él la quiere y la imita, la explora, la estudia, la sigue, la memoriza, la graba en su subconsciente, y acabará por creérselo y por representar su papel, el que usted le está dando cada día.
No es malo, todo lo contrario. Es un niño sano, feliz, con ganas de jugar y explorar todo lo que le rodea. A veces es incómodo, desesperante, agotador, qué me va usted a contar, hay que estar muy pendiente de él, para que no la líe parda, o para que no se haga daño. ¡Qué le vamos a hacer! no es culpa suya. Tampoco es culpa suya que a su edad, después de haber cumplido con la crianza de sus hijos, tenga usted que cuidar de su nieto todos los días, todo el día. ¡Qué le vamos a hacer! Es cansado, pero no es culpa suya, ni de los padres de la criatura ni de nadie en particular, si no de esta sociedad  nuestra que nos exige cada vez más. No le grite "eres malo, eres muy malo" nunca más.

No es desobediente, sólo le dice, de la única manera que tiene que ya no quiere comer más, aunque le cante, le baile o le haga el avión. Está lleno, físicamente no le cabe más, déjelo estar.
Dígale lo que está bien y lo que está mal, al menos bajo su punto de vista. Enseñele a cumplir las normas que considere importantes en su casa, regáñele si no se porta bien, pero no le diga que es malo, no hace falta para educarle, de verdad, no se lo diga más"

Pero no se lo digo. Porque probablemente me grite desde su patio "y a usted qué le importa, bastante tengo yo" y con razón.

Así que me desahogo escribiendo, aquello que pienso y no digo, y que me escuece por dentro. Y espero que a lo largo del día, escuche otras cosas, que no me llegan a los oídos. Esas cosas que dicen las abuelas, al menos así lo hacían las mías, y así lo hace mi madre y así lo hago yo porque es lo que he mamado. "¡Pero qué bonito que es mi niño!" "Qué listo y qué guapo que es mi sol!" "¡Si es que te comía a besos mi amor!" Que digo yo, que la buena señora también dirá estas cosas, cuando le sobrevengan ratos de más tranquilidad. Yo tengo fe en el ser humano.

Hay algo que mi madre me cuenta a veces, y no me canso de escuchar. Que mi abuela en cierta ocasión, cuando yo tenía unos dos años, me observaba divertida y sin decir nada, mientras yo cogía uno a uno unos huevos, levantaba el brazo y con sorprendente precisión para mi tierna edad, los estampaba contra el suelo de la cocina desde una altura tal, que estaballan graciosamente uno a uno hasta acabarlos todos.

Qué es lo que me llevó a mí a realizar tan meticulosa acción, lo supongo. El sonido del huevo al caer, su desparrame, su color, su grado de viscosidad, su tacto suave, su forma y color antes de estrellarse. Un estudio empírico en toda regla, que ya desde muy jovencita la meticusolidad forma parte de mi personalidad.
Lo que no sé es qué llevó a mi abuela a dejarme hacer, ante su atenta mirada, tamaña canallada. En cualquier caso, lo agradezco, ya que probablemente fue la única ocasión en mi vida en que pude realizar tal experimento, y quién sabe qué influencia tuvo el suceso en mi actual y natural inteligencia.

Los niños son así. Exploradores y científicos. Por eso de vez en cuando abro la trampilla de la impresora por donde sale el papel, y hago limpieza de tesoros, que Ana guarda allí de incógnito cuando "nadie" la ve.

No le digáis nunca, a un niño que es malo. Nunca, pardiez!

No todo son noches sin dormir.

Yolanda Fuertes.




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